por Alejandro Rodríguez
martes 13 de septiembre de 2016
Fui un niño miedoso. Y sigo siéndolo. Tengo miedo a no ser aceptado, a fallar, a la soledad, al fracaso, al rechazo, al dolor... Tengo miedo al miedo. Ya adolescente descubrí que había una manera de detener el sufrimiento y la angustia que mis temores provocaban. Un día encontré un lugar de tal intensidad que hasta el miedo pasaba desapercibido. Ese lugar se llamaba Deseo. Al principio funcionó y mi anhelo contínuo me permitió vivir sin miedo ¿he dicho vivir? digamos que podía ir tirando, existiendo, respirando. Viví durante años entre la ansiedad y el apetito insaciable. Pero la cosa no duró y un día el Deseo se quitó la careta. ¿Adivináis quién se escondía detrás? Sí, habéis acertado. Mi viejo amigo el Miedo me había jugado una mala pasada y no iba a perdonar la traición tan fácilmente. Así, empezó un largo viaje en el que el Miedo y su disfraz de Deseo se turnaron para convertir mi vida en una pesadilla.
Medio muerto, ya sin fuerzas, un día dejé de huir. Con muy poco que perder encaré por fín al Miedo. Me Rendí:
-Soy tuyo, aquí me tienes, no puedo más.
Para mi sorpresa no obtuve respuesta y cuando alcé la vista se abrió ante mi un camino largo y sinuoso. Con sol y lluvia, frío y calor, luces y sombras. Con días buenos y días para aprender. Un camino misterioso y apasionante que sigo recorriendo cada día. A veces el Miedo se acerca y me susurra algo al oído. Hace poco me dió un bofetón. Pero ya no escapo.
He dejado de huir. Como mucho paro un momento a coger aire y sigo caminando. Siempre adelante.
El contenido de este blog no pretende sustituir el consejo médico profesional