UN Nuevo Camino

por Alejandro Rodríguez
miércoles 30 de septiembre de 2020

Todos tenemos heridas

La vida es en cierto modo un gran hospital de campaña donde heridos y lisiados comparten un gran espacio llamado planeta tierra, un partido de fútbol bronco y violento lleno de patadas, codazos y zancadillas en el que todos terminamos lesionados.

Todos recurrimos inicialmente a remedios rápidos, de esos que echamos mano con facilidad: rencor, rabia, culpa… y nos convertimos en víctimas, nos identificamos con nuestro dolor y la herida pasa a definirnos.

La venganza ocupa el centro de nuestra vida y llena nuestro corazón. Venganza hacía otros y (lo que es peor) venganza hacia nosotros mismos.

En esta última modalidad aparecen el alcohol y otras drogas como el auto castigo definitivo.

Alguien nos convenció de que no éramos suficientemente buenos, de que fallábamos, éramos defectuosos, una anomalía.: nuestro comportamiento, notas del cole, aceptación social, éxito profesional, imagen, belleza, acumulación material… no era suficiente y entonces, en lugar de víctimas nos convertimos (a nosotros mismos) en culpables y verdugos de nuestro propio castigo.

Con suerte, después de años de victimismo y/o culpabilidad, rencor y/o vergüenza (los más brutos somos capaces de asumir ambos papeles a la vez) llegamos a un estado de locura y malestar (que los psiquiatras llaman trastorno ansioso depresivo) y tenemos la sensación de haber llegado a un callejón sin salida.

Es el momento el que surgen preguntas:

-¿Qué coño pinto yo aquí? ¿Qué mierda es esta? ¿Hasta cuándo va a durar esto? ¿Hay alguna manera de para esta tortura?  y sobretodo:

-¿Hay alguna otra manera de vivir?

Desde luego que la hay y seguramente para llegar a simplemente plantearnos su existencia hemos tenido que cruzar este desierto, “caminar entre tinieblas hasta el mismísimo umbral de la muerte”. Más adelante podremos dar sentido a todo el sufrimiento acumulado, pero eso es otra historia.

Lo importante es que hemos llegado hasta aquí, el lugar en el que nos replanteamos todo, la guerra ha terminado y con suerte nos encontremos a nosotros mismos agitando una bandera blanca en señal de rendición (llegados a este punto habrá algún@ que todavía guarde algo de orgullo y piense:”¿Rendirme yo” ¡Nunca!”, allá el/ella...).

Hay varios caminos a elegir. Yo he decidido abandonar mis personajes de víctima y verdugo, la culpa y el rencor.

He decidido vivir mi dolor desde el amor. Más aún convertirlo en un camino en el que cada milímetro que avanzo (sí, hay días en los que no recorro mucha distancia, lo reconozco) me lleva a un espacio abierto de paz y libertad.

Se trata de empezar a entrenar, aprender y practicar ver el dolor como un desafío y no como un castigo, como un reto y no una maldición. A partir de ahí yo decido: el viejo camino o el nuevo, el miedo o el amor, guerra o paz.

Es un amor primero hacia mí mismo, y siempre a partir de él, puedo extenderlo hacia otros.

Para ello me cuido, me mimo, me digo cosas bonitas, me busco un trabajo que me satisfaga, me regalo cosas que me gustan (una tarde de lectura, un café, un paseo…), me busco relaciones inspiradoras…

En este nuevo camino he encontrado algunos aliados muy especiales: el silencio, la atención y la despaciosidad (no he encontrado una palabra mejor, me refiero a abandonar las prisas, recrearme en cada pequeña acción y encontrar en la lentitud un lugar de disfrute). Los valores también son útiles, encontrar unos principios esenciales que hagan de brújula en momentos de oscuridad, de faro de Hércules en medio de las tormentas que periódicamente siguen visitando esta hermosa esquina del fin del mundo que son mi tierra y mi alma, como la honestidad, la humildad, la autenticidad, la ayuda a otros y la amistad sincera y desinteresada.

Os animo a probar este nuevo camino. No os preocupéis: Si no os funciona siempre podéis volver a lo viejo.

El contenido de este blog no pretende sustituir el consejo médico profesional

Compartir: