Soledad y Drogas

por Alejandro Rodríguez
sábado 15 de agosto de 2020

Que yo recuerde siempre me he sentido solo.

Y no puedo culpar a nadie. He sido yo.

Me he alejado de la gente tomando una distancia prudencial, una zona de seguridad que me permitiera no resultar herido en caso de una explosión inesperada, una bala perdida o fuego cruzado.

He disfrazado esta distancia de autosuficiencia, de apariencia de control, de chulería, de fuerte personalidad (“Quizá si se creen esta tapadera prefieran hacer daño a otro”), de simpatía, de carisma. Todo un carnaval.

El precio ha sido más soledad, soledad al cuadrado y un vacío enorme. Un hambre de cariño, de darlo y recibirlo, que me ha llevado a vivir en la inanición afectiva. Por si esto fuera poco, este muerto de hambre está agotado. Fingir cansa, disimular el miedo desgasta.

Quizá esta táctica defensiva tenga su origen en puñaladas recibidas de las que no recuerdo el lugar, el momento, ni siquiera al apuñalador, pero sí tengo un nítido recuerdo del dolor, del vértigo, de la angustia, de la soledad derivada, de la humillación y del horror. Flechas que quizá solo yo veía, cuchillos que sólo en mi se clavaban. Otros en mi lugar, personas cercanas en el mismo escenario, salían indemnes sin el más mínimo rasguño. Mientras tanto yo tengo la tarjeta vip de la UCI emocional del hospital más cercano. ¿Hipersensibilidad congénita?, ¿Vulnerabilidad patológica?, ¿Minusvalía emocional? Quién sabe.

Solo sé que desde aquello, la vida solo sirve para evitar la vuelta a aquel infierno, cada día, cada hora, cada minuto solo sirven para no sentir. El resto de asuntos: familia, salud, trabajo… quedan en un segundo plano. La vida ya no importa. Vivir deja de ser una prioridad, sobrevivir es lo que toca.

Este miedo a sufrir con su vacío, soledad y agotamiento incorporados, se distrae, se anestesia y se alivia con las drogas. Con muchas drogas. El   dolor es tan grande y la carga tan pesada que el consumo moderado, una copita, no sirve. No se trata de saborear un buen vino, se trata de ponerse ciego, llevarse uno mismo al casi desmayo, vivir adormecido. Lo nuestro se parece más a unos cuidados paliativos que a una juerga. 

Nuestra motivación al consumir no tiene nada que ver con el ocio, el disfrute, la gastronomía, el maridaje o la cultura. Nosotros no vamos de cena, vamos a medicarnos.

¿Alguien no adict@ puede entender ahora porqué nos aferramos a las sustancias como un náufrago al salvavidas? 

Lo dudo. Pese a mis entusiastas intentos de explicar al entorno de compañer@s de recuperación la dificultad que supone padecer una adicción suelo encontrar no incomprensión, sino incapacidad para ponerse en nuestro lugar y es lógico: Nuestro "lugar" es un lugar muy jodido. Sería necesario nacer otra vez y vivir escapando del miedo durante décadas. Así que seamos comprensivos con los terrícolas, con los civiles, con los "normales" (así os llamamos en nuestras "reuniones secretas", esas que tanta curiosidad y desconfianza os generan a veces).

La compulsión, el exceso, la obsesión, los atracones y la insaciabilidad se explican sólo desde la necesidad de una dosis desmedida y siempre insuficiente que apague un fuego incontrolado, un incendio de dimensiones extraordinarias que va desde la infancia hasta los últimos diez minutos. Este dolor no lo mitiga nada ni nadie (cuidado con las dependencias emocionales querid@s) y solo encararlo, estudiarlo y reconocerlo cada vez que toma la palabra es la única salida del infierno a una vida “vivible”. Hacernos expertos en nuestra oscuridad, especializarnos en nuestra angustia. Encontrarle un lugar, su lugar, organizarnos con un inquilino molesto, integrarlo y, a partir de ahí acostumbrarnos a caminar con nuestra mochila, cada uno la suya, en lugar de esconderla bajo la ropa o en un rincón oscuro de ese desván maloliente que es a veces el alma.

Compartir el contenido de nuestra mochila y vaciarla entre compañeros se convierte en la nueva manera de aliviar nuestro dolor y conseguir que los "viejos métodos de escape" ya no sean necesarios. 

El contenido de este blog no pretende sustituir el consejo médico profesional

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