Heridas del pasado

por Alejandro Rodríguez
lunes 20 de julio de 2020

Quizás alguien mucho tiempo atrás se comportó de manera cruel con nosotros. Quizá aquellos que debían aportarnos cariño y seguridad no pudieron hacerlo un día hace muchos años. Quizá una relación de pareja terminó de forma dolorosa dejándonos un sentimiento de no ser valios@s, dignos de cariño y atención. Fuera como fuera, es habitual que sucesos del pasado dejen profundas heridas emocionales en un corazón por aquel entonces tierno, frágil y vulnerable. Ese día nuestra mente recibió un mensaje muy claro y a partir de entonces prioritario que nos mantendría siempre alerta:

 “Esto ha sido terrible y no debo volver a sentirlo nunca más”.

Desde entonces viviremos reprogramados por el dolor y la necesidad de evitarlo a toda costa. Nos convertimos es personas que siguen respirando, "hacen cosas" y son aparentemente normales pero que conviven con una necesidad desmedida de no sufrir. Esto se refleja en problemas al relacionarnos con los demás, con la vida y con nosotros mismos. El miedo cubre cada nueva situación y los dolores del pasado sirven de referencia para cada decisión, antes de dar cada paso, llevándonos a una existencia miserable. A simple vista podemos parecer cobardes, pero no lo somos, simplemente hemos visitado el infierno y no queremos volver.

Es fácil conectar este miedo atroz, este pánico a volver a sentir "aquello" con la búsqueda de anestesia. Nos acostumbramos a, inconscientemente, vivir siempre cerca de la salida de emergencia por si aquel terror quiere volver. Para conseguirlo, el alcohol y otras drogas nos sirven durante un tiempo en el corto plazo hasta que (por supuesto) dejan de hacerlo. Paradójicamente, con el tiempo, lo que parecía ser la puerta de salida al dolor se convierte en una autopista al infierno que nos lleva a niveles de sufrimiento hasta entonces desconocidos.

Si la prioridad desde la infancia es no sentir, el momento en que descubrimos las drogas se siente como un “¡Por fin, esto es lo mío, lo he encontrado, ya tengo ese remedio que me permitirá no volver a sentir aquello..!”. Hemos encontrado la solución a todos nuestros problemas, de ahí ese "flechazo" que se produce cuando personas emocionalmente frágiles y emocionalmente heridas conocen cierto tipo de sustancias.

Pasan los años, las décadas, la vida y nuestro día a día sigue reviviendo aquellos dolores cada vez que nos sentimos injustamente tratados, no queridos, desprotegidos o no amados. “A todos nos pasa” me diréis, “no hay que darle tanta importancia y debemos continuar con nuestra vida” y tenéis razón. El problema surge cuando lo que estamos sintiendo y sobretodo la intensidad y angustia con que lo sentimos son desproporcionadas. La dificultad aparece cuando cualquier comentario, relación o situación nos sume en una profunda crisis. Cuando nuestra reacción emocional no se corresponde de manera lógica con lo que nos sucede, cuando sentimos un enorme dolor que no se justifica con lo que nos está pasando. Hipersensibles y vulnerables y en consecuencia obsesivos y compulsivos a la hora de evitar el dolor, aquel dolor.

El origen de esta gran angustia está en el pasado, en esa herida abierta un día que no hemos sido capaces de cerrar y ahora, aparentemente adultos, vuelve a sangrar cada vez que alguien nos desprecia o nos parece que nos desprecia o simplemente surge la posibilidad de que alguien nos desprecie.

Lo que no nos permite avanzar y soltar ese dolor y hábito maligno es nuestra insconsciencia acerca de su origen real. Seguimos el patrón habitual: algo nos sucede y rápidamente buscamos "culpables" ante los que reaccionamos de manera desmedida e injusta. Nuestras viejas heridas siguen sangrando y en lugar de sanarlas y atenderlas perdemos el tiempo revolcándonos en el rencor, la ira y la venganza, acercándonos peligrosamente a la necesidad (otra vez) de alivio.

Ser conscientes de estas heridas, investigar, reconocer y comprender cuándo, cómo y porqué surgieron es una manera de curarlas. Entender e integrar sinceramente que todos hemos sido traidores y traicionados, víctimas y responsables de escenas de crueldad y egoísmo, y sobretodo, que ese corazón que un día se rompió en mil pedazos ya ha sufrido lo suficiente. Perdonar y perdonarnos, y cada vez que surja el dolor no dejarnos arrastrar por el sufrimiento sino reconocerlo. Ahora ya sabemos de dónde viene y cómo nos ha acompañado durante mucho tiempo. Ser conscientes de nuestro dolor y su origen, “darse cuenta” cada vez que nuestras heridas se reabren y limpiarlas de rencor y culpa, es el camino a la sanación.

Las salas de recuperación están llenas de historias de maltrato, desprecio, bullying, agresiones, abandono… seamos conscientes de cómo el pasado ha marcado nuestra historia anclándonos en aquellas páginas, reconozcamos nuestra difícil travesía y permitámonos seguir adelante.

Que sea nuestro corazón sanado el que continúe escribiendo nuestra historia y despidamos al miedo como guionista de la película de nuestra vida.

 

El contenido de este blog no pretende sustituir el consejo médico profesional

Compartir: