Elegir conscientemente

por Alejandro Rodríguez
sábado 1 de agosto de 2020

¿Qué hacemos con esto?

Una mañana lluviosa, un sentimiento de tristeza, soledad, quizá nostalgia.

Una situación difícil en el trabajo.

Un problema de salud o económico o familiar.

Una queja, un reproche, una crítica de la pareja.

Una noche sin dormir.

Puede que nos hayamos pasado la vida reaccionando de manera automática ante este tipo de situación y muchas otras. Nos hemos convertido en robots absolutamente predecibles que responden basándose en “lo que creemos que somos”, en lo que creemos que es importante para nosotros, en lo que creemos que es nuestro interés personal.

Y hasta aquí hemos llegado: insatisfacción, vacío, sin sentido, desmotivación y una vida gris y mediocre de la que hemos aprendido a huir con drogas, compras, trabajo, deporte, comida, evasión, sexo, relaciones… El catálogo de los distintos mandos a distancia con los que cambiamos de canal, la variedad de “alteradores del estado de ánimo” que diría Donald Washton el autor de “Querer no es poder”, es inagotable.

Cada día nos trae un sinfín de situaciones que nos ofrecen la posibilidad de abandonar este hábito mental de reaccionar desde el programa informático que hemos comprado. Un programa, quizá deberíamos decir un virus, que nace del miedo en todas sus formas y se traduce en un cúmulo de necesidades desmedidas, apegos, aferramientos y dependencias.

Cada instante es una nueva oportunidad para elegir otra cosa.

Alguien me insulta o critica.

Las emociones viajan en Ferrari y cuando nos damos cuenta nuestra queja, reproche o insulto de rebote ya ha salido de nuestros labios. Incluso antes las sensaciones corporales propias de la ira, el rencor o el odio ya se han instalado en nuestro cuerpo.

-Es demasiado rápido, no hay nada que podamos hacer. Estamos condenados a aceptar que “somos así”. Solo queda disculparse cuando se nos pase el enfado o las circunstancias cambien.

Si piensas así no necesitas seguir leyendo.

Si por el contrario, crees que hay esperanza y que algún día podremos elegir, decidir qué hacer con las cosas que nos pasan, puedes seguir leyendo.

Necesitamos un segundo. Algunos neurólogos dicen que con cuatro décimas de segundo es suficiente para ser conscientes de que nuestro cuerpo programado, nuestra mente impulsiva o nuestro ego herido se preparan para el contraataque. Ese segundo (o medio segundo) sirve para darnos cuenta de que el piloto automático está a punto de activarse. No necesitamos pulsar un botón de encendido. El hábito instaurado durante décadas nos ha llevado a que la reacción automática está profundamente instalado en nuestra mente. La novedad es elegir, sopesar, decidir con nuestros criterios personales, abandonar el tengo razón, me beneficia/perjudica, es justo o injusto y sustituirlo por ¿Es lo que quiero? ¿Merece la pena cambiar mi paz, mi bienestar o mi serenidad por una venganza, por imponer mi opinión, porque se me dé la razón?

Además de hacer el esfuerzo de atención desde una alerta tranquila para detectar cada activación de nuestro ego-piloto automático-locura (llamadle como queráis) y darnos ese segundo para elegir en base a criterios nuevos, necesitamos practicar, perseverancia, cierta disciplina y tiempo. Llegará el momento en que nos supondrá cada vez menos esfuerzo e iremos sustituyendo un hábito maligno por otro saludable.

La recompensa es una calidad de vida quizá desconocida hasta ahora.

Probar es gratis. No hay nada que perder (solo malestar) y mucho que ganar (toda la paz del mundo).

Una mañana lluviosa, un sentimiento de tristeza, soledad, quizá nostalgia.

Una situación difícil en el trabajo.

Un problema de salud o económico o familiar.

Una queja, un reproche, una crítica de la pareja.

Una noche sin dormir.

¿Qué hacemos con esto? ¿Seguimos convirtiéndolo en un mal rato, una pesadilla o el mismísimo infierno o elegimos (al fin) otra cosa?

Una oportunidad para aprender, perdonar, aceptar, agradecer ...

 

El contenido de este blog no pretende sustituir el consejo médico profesional

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