Carta a una madre

por Alejandro Rodríguez
domingo 11 de julio de 2021

Hace unas semanas una madre que acompañaba a su hijo a una primera entrevista en mi centro de A Coruña me hizo una pregunta. El hombre acababa de abandonar la reunión visiblemente enfadado (y visiblemente intoxicado) ante los reproches de su madre por su abusivo consumo de drogas.

La mujer, superada por la situación, me miró llorosa, abrió los brazos y me interrogó vehemente:

-“Pero, ¿¡Se puede saber qué carajo os da la cocaína para que arruinéis vuestra vida de esta manera!?”

En ese momento salí al paso como pude con una respuesta más o menos estándar del tipo, “es una trampa”, “perdemos nuestra capacidad de elegir” y “ese que ha salido por la puerta es tu hijo enfermo”.

Han pasado los días y voy a intentar ser más honesto, más profundo y más íntimo con esta mujer.

La cocaína “funciona” de manera diferente según donde "caiga". Aunque siempre supone un enorme riesgo para la salud, a algunas personas les puede parecer un "complemento" a una fiesta, como el champán, las uvas de fin de año o el karaoke. Para otros puede ser "un vicio o una afición peligrosa". Para otros/as se convierte en algo más.

Cuando era niño en los años setenta había un día del año realmente especial.

El veintidós de Diciembre me despertaba el canto de los niños de San Ildefonso: “…veinticinco mil pesetaaas…”. Tenía por delante tres semanas sin colegio, vacaciones en las que jugaría con mis primos, abuelos y amigos, Papá Noel y los Reyes Magos traerían regalos y venían largas y abundantes comilonas con toda la familia sentada a la mesa. Plenitud, alegría y felicidad definen aquella sensación todavía adormilado en mi cama mientras la “música” de la lotería marcaba el inicio de la Navidad.

Unos años después, pasando un verano en Inglaterra, unas compañeras de curso me dijeron al oído que le gustaba a Elena López, la niña más guapa del grupo. Qué emoción. Una vez más me sentí pleno, y esta vez, además, valorado, elegido y aceptado (aunque Elena se lo pensó mejor y poco tiempo después decidió irse con un inglés. Pero eso es otra historia).

Unos años más tarde viajé para ver cantar a Freddie Mercury con Queen en Knebworth Park, un precioso parque con castillo medieval al norte de Londres. El sentimiento de alegría, euforia y excitación de aquella aventura ante la presencia de mis ídolos de la infancia es inolvidable.

Pues bien señora, la cocaína fue para mí, durante un tiempo, la Navidad, Elena López y Freddie Mercury, todo junto y todo a la vez, disponible por diez mil pesetas siempre que yo lo quisiera. Todo ello en un momento de mi vida en el que me sentía vacío, frustrado y deprimido. Me permitía volver a sentir que la vida tenía sentido, que todo iba bien y que seguiría yendo bien, que yo pintaba algo aquí, que la gente era buena y que (quizás) yo también lo era. Era un volver a casa, a la infancia, a un mundo bueno en el todo encajaba.

Con el tiempo la droga se convirtió en algo muy diferente: insatisfacción, esclavitud, vergüenza, culpa, autoodio, dolor, miedo y un pensamiento cada vez más presente de que la vida no era para mí. Pero hubo un tiempo en que caer en la trampa era la única opción. Un engaño a la medida para almas en pena, un remedio rápido para espíritus sufrientes. Habría sido imposible no entrar en su juego.

Por eso, la Recuperación (y la educación de los más jóvenes) debe apuntar finalmente a ese vacío, a esa falta de sentido y a esa abandonada relación con nosotros mismos.

 

 

 

El contenido de este blog no pretende sustituir el consejo médico profesional

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